Los focos alumbran tenuemente el escenario, logrando el efecto deseado para imitar una tarde otoñal. El telón se abre, con un cierto rechinchin, y difícilmente consigo distinguir la cara de Knox, con los ojos atentos, observando todo lo que sucede. Y entonces ya no soy yo. Soy protagonista de «Sueño en una noche de verano». La corona de hojas sobre mi cabeza no es un simple adorno. No soy Neil Perry, soy Lisandro. Tan sólo veo la cara de Hermia, sonriéndome, dulce como el azúcar. Estoy enamorado. No es la luz de un foco la que ilumina su rostro, sino un cálido rayo entre las ramas del bosque de palacio.
Todo surge solo, soy la historia. Hasta que de repente sé que el libro se ha acabado, que es hora de decir adiós y bajar el telón. Hermia en mis brazos con los ojos cerrados finge dormir mientras el público grita y llora. Todd y el capitán están de pie, aplaudiendo con orgullo, con los rostros rojos de la emoción. Hasta podía leer orgullo en la mirada del profesor. Me quito la corona para saludar, observando a los lados. No me cabe el corazón en el pecho, una bandada de pájaros quiere salir de mi garganta. Hasta que localicé a mi padre. Fingí no verle, pero sabía lo que me esperaba.
Carmen me ayudó a quitarme el disfraz, y me ofreció la corona como recuerdo de mi gran noche. Había conseguido emoción, lágrimas y frustración. He cumplido un sueño. La cogí con delicadeza, para evitar que ninguna de las hojas quebradizas se rompiera. Y la metí en mi bolsa, con las mallas pardas que conformaban mi personaje. Y salí del teatro por la puerta trasera, volviendo al mundo de donde vengo: de detrás del telón.
Mis compañeros se me echaron encima. Recuerdo ver la sonrisa cálida de Knox, el abrazo de oso de mi queridísimo Todd. Charlie bromea sobre algunas escenas, mientras se frota las manos para entrar en calor. Los profesores de latín, economía me felicitaban con palmadas amistosas en la espalda. Pero fue entonces cuando llegó mi padre. De repente todo el mundo se silenció, y me despedí con un simple gesto. Demasiado simple para lo que vendría. Entonces es cierto, tempus fugit.
Al llegar a casa mi padre, como de costumbre, se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero. Se sentó en la mesa con mi madre, y ambos en silencio apuñalante, esperaron a que tomara asiento.
No pude remediarlo y me eché a llorar. Pensé en todos mis amigos...mira a Charlie, él toca el saxofón, le gusta, y su padre no le dice que no toque. Tiene peores notas y están a punto de expulsarlo, pero él tiene lo que quiere, lo que ama. ¿Y por qué yo no puedo tenerlo? ¿De qué me sirve pasar tardes estudiando de codos en la mesa si no puedo hacer lo que quiero? ¿Por qué no me deja expresarme a través del teatro? ¿Y si soy bueno y salto a la fama? No, Neil, tú a eso no te puedes dedicar. La vida se acaba en cuanto tienes responsabilidades, los sueños sueños son, solo aparecen en cuentos de hadas, Neil, ¿En qué narices estás pensando? ¿De qué te sirve encarnarte en la piel de un personaje, comprender nuevas formas de ver y sentir , cuando puedes estar en una oficina manejando dinero? ¿De qué sirven los sueños si tus responsabilidades siempre te los va a hundir? La almohada estaba bastante húmeda, tenía varios botones desatados de la camisa de tantas vueltas en la cama y los o ojos rojos de llorar. Mi madre me besó en la frente, y me dijo «cariño, son cosas de papá» y se fue. Tan tranquila. Porque a ella no le están quitando la vida, no le quitaron sus amigos y su sueño, un sueño al alcance de la mano, una simpleza. Ni eso. No quiero ver mi futuro. Simplemente, no me atrevo. Soy un cobarde, no quiero verme llorando más.
No sé hasta qué hora me quedé llorando, posiblemente me acabé durmiendo. Me llevé las manos a la cara. Mis ojos siguen hinchados, algunas pestañas húmedas todavía. Pero me siento fuerte. Me siento...inmortal. De repente tengo todo el poder del mundo en una mano. Hoy voy a ser una estrella.
Me volví a vestir con las mallas pardas y la corona de ramitas y bayas. Y abrí la ventana para coronarme bajo la luna. El mundo es testigo de que he tomado mi vida, soy dueño de ella. Soy mi propio emperador. La luz de la luna daba de lleno en mi cara. Hoy es una noche especial, hoy he tocado el cielo con las manos mientras un foco iluminaba a una duendecilla y el público observaba. Cuánto sentimiento y de qué múltiples formas se pueden transmitir con tan sólo una obra.
Cerré la ventana, noté que nadie estaba despierto, porque se escuchaba algún ronquido de mi padre. Dejé la corona sobre la cama, y bajé al despacho. La oscuridad daba un aspecto tétrico, espantoso para ser más concreto. Pero la verdad, no me importaba. Nadie me puede herir más de lo que me puedo herir a mí mismo. Y hoy, hoy soy fuerte. El frío de la madera bajo mis pies se contrastó con la cálida alfombra bajo la mesa. La llave estaba donde siempre, al lado del lapicero. La observé. Realmente era una llave cualquiera, de metal plateada, pequeña, de cabeza redonda. Pero esa noche, esa llave me proporcionaría mi libertad. Nadie comprende lo que es la victoria tan bien como los que nunca han vencido. Nadie comprende la libertad tan bien como aquellos que nunca han sido libres. Abrí el cajón. La oscuridad me impedía ver lo que había dentro, pero sé que ahí estaba, y palpando por el fondo de contrachapado la encontré envuelta en un trapo blanco, como un recién nacido. Es curioso, un recién nacido y un revólver envueltos con cuidado, uno es vida...y el otro la quita.
Lo destapé. A la luz blanca daba un aspecto mucho más terrorífico. Nunca he podido conocer qué es quitarse la vida. Cómo se siente. Pero mi caso no es ese. Mi caso es ¿Cómo será la libertad?¿ Cómo se sentirá uno cuando sea libre de obligaciones? La verdad es que es un arma muy elegante, se aprecia el brillo de las estrellas reflejadas en el metal frío. Decido cogerla. Es ligera, como una flor. Me la acerco a la sien, como cuando la doncella en la obra se prendía en el pelo una rosa del jardín, quitándole las espinas para colocársela tras la oreja. ¿Sería una rosa tan fría como el metal? Y me dedico a pensar. Mis dedos rozan el gatillo, hasta que la última falange de mi dedo índice lo rodea con cuidado, pero firme. Cierro los ojos, despacio, asimilando el color del telón antes de abrirse para la función. Recuerdo mi papel, hay un colegio, un chico nuevo tímido, uno con un rayo rojo en el pecho, un pelirrojo, uno con gafas, hay un romance, un capitán, hay gritos, un dictador y un esclavo, hay una cueva y unos libros de poesía. Hay un telón que se abre. Hay un disparo....




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